Yo soy yo, con mis dragones y con mis circunstancias.

Seré sincero: cuando era un rolero de pro me reía de los dunyoneros.

I

Aquellos chavales jugaban con personajes unidimensionales definidos por clase y nivel. Dedicaban la mayor parte del tiempo a saquear mazmorras matando cuanto se les pusiera por delante – incluso a sus propios compañeros – para conseguir los preciados pequis que necesitaban para llegar al siguiente nivel. Tirada tras tirada de dado. Porque el objetivo era mejorar las tiradas y poco más.

Cuando Ediciones Zinco publicó su Advanced Dungeons & Dragons 2ed en castellano (en una edición espectacular para la época, cabe decir) me hice con el Manual del jugador y el Manual del Dungeon Master. El juego me pareció primitivo, complicado en mecanismos y simplón en conceptos. Poco rolero, en definitiva.

Me llamaban la atención ambientaciones como Ravenloft o Dark Sun. Pero para que medio funcionaran tuvieron que retorcer todas las reglas confirmando mis sospechas: era un sistema obsoleto que dificultaba el desarrollo de la narrativa con más y más reglas que poco aportaban a quienes no gustábamos del power-playing. Acabé deshaciéndome de aquellos manuales básicos.

No presté ninguna atención a la tercera edición – el famoso sistema d20 – y seguí jugando a otros juegos. Al poco dejé de jugar a rol, sin mayor motivo. Ya no apetecía.

Y pasaron los años. Muchos.

Y un día se inundó el club Dragón.

II

Necesitaba jugar a algo. Pero no tenía club. Y necesitaba jugar a algo; me entiendes, ¿no?Algo que pueda llevar fácilmente y montar en la mesa del bar. No sé, como un libro o algo así.

– Sí, claro: un libro. Ya lo has dicho. ¿Cómo vamos a jugar con un libro?

Os traigo un Trail of Cthulhu, frikis. Mandanga fina. Hay primigenios. Vuestros personajes acabarán muertos. O locos. O enloquecerán antes de morir. Y no hay tablero, so wargamers. Sólo unas hojas de papel, unos dados y la aterciopelada voz de yours truly. Y sé que os va a gustar. Ya os estoy viendo sonreír.

(Y después de la partida se nos calentó la boca: las campañas, las campañas sí que molaban de verdad, jugando años, viendo crecer al personaje, qué majete. Y qué buenas tardes con los colegas: rol por la tarde y luego las copas. Y lo que te reías durante las copas comentando la jugada. Y yo jugaba a eso. Pues yo, a lo otro. Y me acuerdo de aquella ocasión en la que pifió Manolito al lanzar el firebolo frente al malo malísimo final y nos quemó las barbas a todos. Joder, cómo lo echo de menos, la verdad. Los buenos tiempos).

III

Estaba claro que todos queríamos jugar una campaña. Pero mis compis no habían jugado a rol antes o no lo habían hecho en los últimos veintitantos años. 

Necesitaba un reglamento sencillo, con conceptos que todos reconociéramos de inmediato. Necesitaba universo familiar y no podía obligar a nadie a leerse un libro de ambientación o esas pésimas novelas de fantasía. Y todos había jugado a Baldur´s Gate en su ordenador y querían algo épico y espectacular.

Las estrellas estaban alineadas. Me lo estaban pidiendo a gritos. Yo lo estaba gritando. Iba a hacer aquello que aún no había hecho en todos mis años de rolero. Iba a dirigir Dungeons & Dragons.

* * *

En el próximo artículo compartiré mi opinión sobre D&D5e. Explicaré por qué me gusta, por qué es exactamente lo que necesito y espero poder aclarar si es lo que vosotros necesitáis.

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